... confieso que tenía las manos temblorosas y la impaciencia ya me consumía, mientras sorbía el café del desayuno enfilaba una tras otra las posibles frases que diría a tu llegada, tenía muchas cosas por hacer pero me parecía más atractivo planear mi propio asombro, con eso ya sentía el pequeño nerviosismo que me produces cuando cruzas el umbral de la puerta. Mi cotidianidad famélica se transformaba en una polvadera tan vigorosa que permitía empinarme por encima de nuestros hombros abrazados, para ser actor y espectador ...
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