miércoles, 23 de octubre de 2013
Me arrepiento de haber eliminado las adolescentes palabras que aquí habían, mis anhelos imberbes y llenos de desasosiego.
Me arrepiento de haber sido tan desleal con mis manos estériles, con mis noches frugales, con las manchas de café que hicieron tregua con la soberbia para alentarme a escribir.
Me arrepiento de haber intentado borrar una parte que recuerdo luminosa y aireada, un espacio que tocaba hebras escondidas bajo las no-necesidades que me cubren todos los días.
Me arrepiento de haber hecho un borrón desesperado, un quiebre de lo que siempre he querido ser.
Me arrepiento de querer suprimir la cursilería pueril que se ciñó a mi tanto tiempo, que ahora vuelve como si nunca la hubiese experimentado.
(Cursilería codiciosa de describir el cuerpo que aparece en mi vigilia, en las abluciones matutinas, en los detalles escondidos en los espejos y en los rayos del sol que me hace mirar hacia la izquierda).
Me arrepiento de no escribir sobre todas aquellas humanidades que de seguro ya no recuerdan la mía.
Me arrepiento de sub valorar la impericia, la torpeza innata y las salidas de tono que me trajeron hasta aquí.
Me arrepiento de arrepentirme de mis exabruptos, de ser comedido por costumbre.
Me arrepiento de haber sido por mucho tiempo mi propio cautivo.
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